Volver al verano


Casarse en el lugar donde veraneaste toda la vida hace que todo sea todavía más especial porque se mezclan los recuerdos de la infancia con momentos que van a quedarse para siempre grabados en la memoria.

Eso le pasó a Ana que eligió “su norte” para casarse con Eduardo.

Cuando nos enseñó el vestido de Teresa Patiño pensamos en algo que contrarrestara su sencillez pero a la vez, que la mantuviera. Algo que logramos con un ramo con mucha caída pero con flores sencillas.

La ceremonia fue en la Isla que tiene una preciosa Iglesia blanca y acogedora en la que decoramos la entrada, el altar y el retablo.

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El día acompañó y sus primeras fotos como marido y mujer tuvieron un escenario privilegiado, cerca del mar y, a la vez, del campo.

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El lugar elegido para celebrarlo fue el Palacio de Luces. El aperitivo se sirvió en el jardín y fue un homenaje de sabor y color para los invitados. Tan agradable era la sensación que quisimos mantener el colorido en la decoración y montamos un sitting plan en el que la naturaleza seguía siendo protagonista. Jugamos con distintas alturas y con el cristal, que es una fuente de ligereza, igual que las flores, que parecían recién cortadas del jardín.

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Desde los ventanales del palacio se veía la muralla que lo rodea, así que utilizamos piezas y pajaritos de piedra para armonizar interior y exterior. Los bajoplatos y la mantelería de M viste tu mesa hicieron, junto con las velas, que todo fuera tan especial como los novios habían soñado.

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Fotos: Darío Fernández

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una boda de mil colores 2

Prometimos volver al jardín y aquí estamos, en el aperitivo lleno de sabor y color que preparamos entre Balbona, el equipo del Palacio y nosotras.

Mesa de quesos y jamón, rincón de la sidra… y muchas ganas de pasarlo bien. No faltó detalle.

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Para el protocolo de mesas contamos con una aportación muy especial: las acuarelas que pintó la madre de la novia y que colorearon también las minutas. Llenamos los tarros con flores variadas que parecían recién cogidas del campo.

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En el interior del palacio el color siguió siendo protagonista y cualquier elemento nos parecía la excusa perfecta para teñirlo todo un poco más: velas, jarroncitos, vasitos para minivelas y flores. Todo partía de la presidencial y continuaba en el resto de las mesas. Una forma bonita de tener un pedacito de todas las mesas en la de los novios y un trocito de los novios en todas las mesas.

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Pero lo que mas color aportó no fue una flor, no fue una vela, no fue un cacharrito. Fue la sonrisa de los novios, las ganas de sus invitados y el entusiasmo de todas las personas que participaron para que todo saliera bien.

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Fotos: Mercedes Blanco

 

 

Una boda de mil colores 1

Cuando Alejandra y su madre Bea entraron por la puerta de la tienda, recordamos la época en la que trabajamos  juntas hasta que se fue a vivir fuera. Todo eran risas, sonrisas y ganas. Eran una alegría constante , por eso no nos sorprendió que nos pidiera una boda a todo color, empezando por el ramo. Quería que tuviera el mayor número posible de flores y tonos, así que disfrutamos mucho mezclando distintas opciones hasta que dimos con una que llevaba hortensias,  menta, peonias, moras… en el que no podía faltar el color azul, presente en el ramo y en la cinta que lo ataba.

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Para la decoración de la capilla de Santa Ana pensamos en algo silvestre y veraniego, ligero pero con cuerpo, que vistiera los distintos rincones y la hiciera todavía más bonita.

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La familia y los amigos vivieron con mucha emoción una ceremonia en la que los novios no dejaron de sonreír ni un minuto.

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Lo bueno de casarse en verano en el Palacio de Meres es que Alejandra y Javi pudieron disfrutar de los alrededores mientras sus invitados empezaban el aperitivo. Un paseo, unas fotos y unos minutos para aterrizar y darse cuenta de que no están soñando.

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La semana que viene seguimos donde lo dejamos, en este mismo jardín.

Fotos: Mercedes Blanco.